tag:blogger.com,1999:blog-27699429.post-1154434869138425732006-08-01T13:15:00.000+02:002006-08-01T14:47:22.336+02:00LOS RECUERDOS ME SUPERANOigo algo. Las voces me llegan lejanas, difusas, como si pasaran por un filtro, en el que fuera imposible distinguir el sonido original. Veo algo. Es luz, una luz cegadora. Trato de cerrar más los ojos. Aprieto fuerte los parpados para evitar que la luz penetre en mis retinas. Noto como se derriten mis ojos. Mi iris no distingue nada más que un color. El blanco. Veo todo blanco, escucho voces de ultratumba. Abro los ojos de repente. Asustado. Miro a mi alrededor. Estoy en una habitación ajena. No conozco esa habitación, aunque me resulta vagamente familiar. Comienzo a recordar. Mi cabeza me pesa. Mi boca reclama urgentemente un poco de agua. Me voy a incorporar, pero noto algo sobre mi pecho. Es un libro. Está abierto por una página. Comienzo a leer. Ya me acuerdo. “Trópico de Cáncer”, de Henry Miller. Anoche estaba leyéndolo. Cierro el libro y, ahora si, me incorporo, me dirijo al foco de luz cegadora. A pesar de que las cortinas están tapando media ventana, la luz traspasa la tela para inundar de blanco toda la habitación. Me asomo por la ventana. Una calle. No pasa mucha gente. De vez en cuando, junto con un coche, se escucha el estruendo del tubo de escape. Piensa Pastor, donde estas, no puede ser que no sepas donde coño estas. Poco a poco voy recuperando la cordura. Miro hacia la cama. Al lado de mi cama hay otra cama. Esta ocupada por alguien. A simple vista no se quien es, ya que su cara esta apoyada hacia el otro lado, aunque su cuerpo me resulta muy familiar. Es la primera cosa que veo en la habitación que me devuelve un poco más hacia la realidad. El cuerpo de esa persona actúa como si fuera una red, en la que caigo, y me envuelve suavemente para evitar que me destroce los huesos contra el suelo. Si. “Piensa, Pastor, piensa. Que hiciste ayer…”. Vuelvo a mirar por la ventana. Justo en frente mía, a la misma altura, hay un chico sentado en el balcón. Tiene las cortinas descorridas, por lo que consigo distinguir el interior de la casa. La cama deshecha, un mueble al fondo, pegado a la pared, un espejo encima del mueble. Miro al chico. Tan solo lleva la ropa interior. Esta fumando un cigarrillo con un libro abierto. Esta leyendo absorto la aventura que le ofrece el libro. Un segundo después levanta la cabeza y me mira. Fijamente. Trato de aguantar la mirada al desconocido del libro. Aguanto la mirada como si fuera lo último que fuera a hacer en este mundo. El chico sigue allí, con el libro abierto entre sus manos y sus ojos mirándome a la cara. Me siento sucio. Su mirada me hace sentir rastrero, insignificante, Me hace sentir que mirar la intimidad de los demás, es lo mas repugnante que existe en la vida. Aparto la mirada. Mi corazón no hubiera aguantado más. Trato de descubrir el titulo del libro, pero esta demasiado lejos. No lo logro. Cierro los ojos un poco, me pongo una mano de visera para evitar que el sol incida directamente en las pupilas. Intento mirar otra vez el libro. No lo consigo. Ojala tuviera poderes. Ojala consiguiera, a través de mi mirada láser, o con algún tipo de rayos x, poder mirar el titulo del libro. Me gustaría estar en esa casa, fumándome un cigarro, como el, y poder preguntarle qué libro esta leyendo. Me pregunto que estarán haciendo los demás mortales. ¿Estarán viendo la televisión, escuchando en la radio el programa de moda del momento?, o, en cambio, ¿estarán leyendo el ultimo best seller que ha salido al mercado, inundados de palabras huecas, sin vida?. Los best seller me dan asco. Es literatura para lerdos, como la zanahoria para el burro. No dicen nada, no enseñan nada. Están vacíos. Solamente son letras, engarzadas unas con otras con el único fin de entretener. Un día decidí leerme dos de los millones y millones de best seller que pueblan las estanterías de los centros comerciales. Uno de ellos era El Código Da Vinci. El otro libro era La Hermandad de la Sabana Santa. El primero conseguí acabarlo hasta el final. Basura. No dice nada. Cuando termine de leerlo, no había conseguido experimentar ninguna sensación. Ni alegría, ni tristeza, ni placer, ni odio. NADA. El segundo libro lo deje cuando había leído unas veinte páginas. Más de lo mismo. Basura. Solo sirve para limpiarse. Cada vez que doy una vuelta por el centro comercial y veo todos esos libros, apilados en la mesa más grande de la sección de librería, me entran ganas de gritar a todo el mundo que no compren esos libros, que busquen entre las estanterías. Me gustaría gritarles al oído que no se conformen con lo primero que vean o que les digan. Me gustaría decirles a la cara que jamás llegaran a ser personas sin haber leído a Orwell, a Miller, o a Kennedy Toole. Pero, al final me reprimo. Consigo enterrar esos deseos. Lo único que hago es pasearme por el resto de estanterías, coger un par de buenos libros y comprarlos. No hago más. No soy nadie. No soy nada. Pero, lo que mas me molesta, no es que haya tanto best seller, sino que, cualquier persona es capaz de escribir un libro y que se lo publiquen. En cambio yo no puedo. Recuerdo las veces que envié mis relatos a concursos. Recuerdo los días de incertidumbre que pase hasta que llegaba una carta diciendo que no había sido seleccionado. Recuerdo las lagrimas silenciosas, en el cuarto de baño, inagotables, certeras, tristes y saladas. Aquella época fue una de las peores de mi vida. Cuando me ponía delante del ordenador, se me ocurrían infinidad de ideas. Pero sabía que no iba a servir de nada. Me sentía frustrado, enfadado con la gente, enfadado con mi familia. En esa época, cuando llegaba a casa, me sentaba delante del ordenador, abría una hoja en blanco del programa Office para comenzar a escribir, y me quedaba así, mirando a la hoja, con las manos encima del teclado, sin moverlas. Inertes. Sin vida. Como si hubieran cogido las manos de un cadáver y me las hubieran implantado a mi cuerpo vivo. Estaban frías, marchitas.
Una de aquellas cartas que recibí como contestación al envió de mis relatos me quito totalmente las ganas de seguir escribiendo. En ella me decían que mis historias carecían de fuerza. La sucesión de hechos se encontraban inconexos y me agradecían que, en un futuro, dejara de enviarles mas cosas.
No podía creérmelo. Mi moral acabo por los suelos. En esos momentos tenia 16 años. Mis ilusiones se rompieron nada mas comenzar. Unos meses después, conocí a la niña de mis ojos. Comenzamos a hablar a la salida del instituto, quedábamos por las tardes para ir a la biblioteca…. Ella me comprendía, o, por lo menos, disimulaba que me comprendía. Comenzamos a salir juntos casi al año de conocernos. Ella tenía 16 años. Yo un año más. No me lo podía creer. Era preciosa. La más hermosa de todas las chicas del instituto. Todo lo contrario que yo. Casi siempre estaba solo. Cuando el resto de los alumnos salía al recreo, a comerse el bocadillo y jugar con los amigos, yo me quedaba en clase, solo. No tenía amigos. Un día, los chicos de la clase estaban jugando. El juego consistía en que uno de los chicos debía pasar por un pasillo formado por los demás chicos. El niño que pasaba por el medio del pasillo debía descubrir quien le golpeaba. Los chicos que formaban el pasillo debían darle en la cabeza sin ser vistos.
Ese día estaba en mi pupitre. Sentado. Solo. Como siempre. Tenia ganas de ir al cuarto de baño. Me levante para salir de la clase. Sin darme cuenta, no se como, ni por qué, acabé en medio del pasillo que los alumnos habían formado. Son cosas inexplicables. Hechos que ocurren sin previo aviso. Leyes elementales del destino. Es como cuando te encuentras en la orilla de un río. Y divisas, apoyada en una piedra, fuera del agua, a una rana. De repente, quieres ver como la rana salta al agua, por lo que cojes una piedra del suelo. Al azar. Sin realizar una búsqueda. La piedra se encuentra al lado tuyo. La cojes. La lanzas hacia arriba un par de veces para contrastar el peso. Envuelves la piedra con toda tu mano y descubres que se adapta perfectamente al contorno de la misma. Miras a la rana una sola vez, para comprobar si se encuentra en su sitio, para verificar que no se ha movido. Solo eso. No mides la distancia, no intentas calcular la velocidad que debes imprimir a la piedra. Tan solo miras a la rana. Y, sin previo aviso. Tu mano se mueve. Rápida, sigilosa. Y la piedra sale de tu mano, invisible, silenciosa. Y, como por una orden divina, como si un hilo de Dios la sujetara, la piedra describe una parábola perfecta. Y ves como la piedra, inexorablemente se acerca a la rana. Cierras los ojos un instante para verificar que tus sentidos no te engañan. Y, un segundo después, la piedra impacta en la cabeza de la rana. Un sonido hueco acude a tus oídos. La rana cae al agua, inmóvil, muerta. Tu solo querías que la rana saltara, tan solo querías asustarla, pero lo que conseguiste fue matarla. Acabar con su vida.
Los <a href="http://www.youtube.com/watch?v=bQyhgrqt9VQ&search=abuso%20ni%C3%B1o">golpes</a> me llovieron sin enterarme. Manos ansiosas de violencia acudían a mi cabeza con toda la fuerza de unos adolescentes que no saben controlarla. Mi primera reacción fue agacharme. Cada vez que recapacito y me acuerdo de este pasaje de mi vida, estoy más convencido que mi primera reacción fue la más absurda de todas las opciones que podía haber escogido. Cuando el pasillo de violencia observo que mi cabeza se agachaba, atacó todavía con mayor vehemencia. Ya no eran solo manotazos, también comenzaron a llover patadas. Cuando por fin salí de aquel pasillo del infierno, no me atreví a mirar atrás. Salí corriendo hacia el cuarto de baño, seguido por las risas de los chicos que habían golpeado sin piedad a un chaval que no había hecho nada. Tan solo quería ir a mear.
Cuando acabe el instituto, decidí probar la vida universitaria. Opte por una carrera relativamente corta. De tan solo tres años. No quería pasarme mucho tiempo estudiando. En el instituto termine por cursar más años de los necesarios debido a las repeticiones de curso. Tuve la suerte de que un alumno de mi instituto decidió hacer la misma carrera que yo. Al final el destino quiso que coincidiéramos en la misma clase, por lo que, los primeros meses, los pasamos juntos. Raúl se llamaba. Era un chico extrovertido, divertido. No tenía miedo a hacer el ridículo, o a hablar en público, al contrario que yo. Fue gracias a el, por lo que, al final del curso, formamos una pandilla de colegas bastante amplia. La universidad fue uno de mis mejores momentos de mi vida. No es que me ocurrieran cosas verdaderamente interesantes. No fue porque comenzara a descubrir detalles de la vida que jamás habría visto o experimentado de no haber decidido cursar una carrera. Fue uno de mis mejores momentos, tan solo por el hecho de que tenia, lo que se podría llamar, amigos, por primera vez. Es un detalle insignificante, relativamente sin importancia. Pero para mi fue muy importante.
Acabe la carrera con 24 años. Conseguí acabarla en 4. Me sentía pletórico. Había conseguido acabar la carrera. Mis padres, nunca creyeron en mí. Ni en el colegio, ni en el instituto y mucho menos en la universidad. Pero, a pesar de todo, conseguir acabarla, graduarme. Cada vez que recuerdo el año siguiente a la graduación, mi estomago se revuelve. Sobre todo porque, a raíz de acabar la universidad, jamás volví a saber absolutamente nada de mis compañeros. Ni de Raúl. Mi compañero inseparable. Nadie volvió a llamarme, ninguno de los que acabamos aquel año, volvió a preguntarse que había sido del otro. Nos olvidamos completamente del resto. Es como cuando te cuentan algo interesante, inteligente. Tratas de quedártelo, de guardarlo en la memoria, pero, unas horas después, ese pensamiento, esa idea que querías retener con todas tus fuerzas en tu cabeza, desaparece. Ya no esta. Y, cuando te das cuenta de que ya no esta donde debía estar, te olvidas de esa idea, como si nunca hubiera existido.
La salida al mundo laboral fue más complicada de lo normal ya que no sabía exactamente como moverme. No había hecho un currículum jamás. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que, exceptuando el tiempo que pasaba con mis compañeros en la universidad, el resto del tiempo fue una perdida de tiempo (y de dinero). Mi carrera no sirve para absolutamente nada. Los años siguientes tan solo consistieron en ir dando tumbos de un trabajo temporal a otro, hasta que, gracias a la niña de mis ojos, conseguí una beca para hacer unas prácticas en un banco. Estuve durante 6 meses aguantando a mis jefes, soportando la poca educación de los clientes, reprimiendo mis sentimientos de dejarlo todo y decirle a mi jefe a la cara que era un autentico gilipollas, calvo y retrasado. Pero no lo hice. No lo hice por vergüenza, por miedo. Mi corazón, cada vez que mi jefe me intentaba corregir, me decía que le rompiera la cabeza, que cogiera una silla y, sin previo aviso, rompérsela en su asquerosa barriga. Pero mi cabeza se negaba a ver la realidad. Mi cabeza esta corrompida por la sociedad. Mi mentalidad esta abducida.
Cuando acabe en el banco, conseguí trabajo como vendedor en unos grandes almacenes. Estuve en esos grandes almacenes durante los meses de verano. Fue insoportable. Cada quince días, en cada sección de los grandes almacenes, sale una lista de ventas de cada empleado. Yo no quería vender. No me gustaba vender. Me resultaba imposible tratar de engañar a una persona, Me era imposible poner una sonrisa en mi cara y tratar de vender a una persona un objeto que, fuera de ese gran centro comercial, lo encontrar muchísimo mas barato, tan solo para ganar unos euros mas. Mi comportamiento hacía que en la lista de ventas, me encontrara casi siempre en última posición. No me importaba, aunque delante de los demás vendedores, trataba de parecer enfadado por vender tan poco. Incluso, los días posteriores, después de haber comprobado que era el peor vendedor de mi sección, me comía mi orgullo y trataba de ser el mejor vendedor del gran centro comercial. Le quitaba los clientes a mis compañeros, me quedaba al lado de la caja registradora para acudir raudo a cobrar al primer cliente que se acercara. Cerraba mis oídos cuando mis compañeros cuchicheaban entre ellos que les quitaba los clientes. Pero, poco a poco, mi competitividad desaparecía, se diluía por mis venas. Volvía a ser el de siempre.
Cuando acabo el verano, busque un nuevo trabajo. Me jure que esta vez encontraría algo que me gustara, algo que estuviera hecho a mi medida. Trate de encontrar trabajo en una gran empresa. Y lo conseguí. Pero mi cabeza me volvió a engañar. No me gusta mi trabajo. Tan solo trabajo los últimos 15 días de cada mes, aunque tenga que acudir todos los días. El resto de días, intento hacer cosas distintas, pero al final, siempre acabo sin cosas que hacer. Hay veces que mi jefe me solicita algún informe, o de vez en cuando hay que llamar a algún proveedor. Pero nada más. Hasta el día 15 de cada mes. A partir de ese día mi trabajo se multiplica por 1000. Hay veces que, incluso, los papeles me desbordan. Son los únicos días en los que me encuentro feliz. Así que decidí volcarme de nuevo en la escritura. Al tener tanto tiempo libre, decidí aprovecharlo para escribir. Comencé a escribir mi novela en el trabajo. Tenía 8 horas para aprovecharlas. No podía tirarlas a la basura. Pero, aun así, quise dejarlo. Quise dedicarme completamente a la literatura. Quiero escribir libros y quiero vivir de ello.
El individuo que hay en la cama se revuelve. Su cara queda de tal forma que puedo vérsela completamente. Su cara me resulta familiar, muy familiar. Me acerco hacia el. Si. Es Daniel. Mi amigo. Y, como si ese dato hubiera sido fundamental, como si descubrir la identidad del individuo que estaba tumbado en la cama fuera lo más importante de mi vida, comprendí quien era y donde estaba. Estaba en Ibiza, de viaje, con unos amigos. Y ayer una inglesa me la chupo en el cuarto de baño de la discoteca. La misma inglesa que, dos horas después se la chupo a otro chico.
Miro mi reloj. Eran la 13:30. Habíamos quedado a las 14:00 en la puerta del hotel con un empleado de la empresa de alquiler de vehículos, para entregarnos el coche. A las 13:55 estábamos todos preparados. Bajamos por el ascensor y nos dirigimos hacia la puerta del hotel. Preguntamos a la recepcionista del hotel si había llegado ya el empleado. Sin decir palabra nos señala a un hombre que esta sentado al fondo de la recepción. Nos dirigimos hacia allí. Los cinco.
- Hola, buenos días. Sois los que queréis alquilar el coche??
- Si, si, somos nosotros – La voz de José suena ronca.
- Bien, aquí tenéis las llaves del coche, necesito que el que vaya a ser conductor del coche me firme en estos papeles. Como vais a pagar, en efectivo o con tarjeta??. – El bigote del hombre se mueve al compás de sus palabras. Parece que el bigote, al oír el sonido de las palabras, comenzara a bailar una danza.
- Ehhh… - Nos miramos entre nosotros. No habíamos pensado como íbamos a pagar el alquiler del coche. Decidimos pagarlo con tarjeta, y luego, abonar la parte de dinero correspondiente al dueño de la tarjeta. Fue José el que pago el alquiler.
- Muy bien. Pues el coche esta aparcado justo enfrente de la puerta. Es el coche rojo.
- Muchas gracias por todo. – El hombre comenzó a recoger la documentación de la mesa y a meterla en un maletín de cuero barato que había perdido el color.
- Gracias a vosotros. Recordar que la gasolina tiene que estar al mismo nivel que os lo deje. Así que, nada mas, solo deciros que el lunes a las 14:00 vendré a recoger el coche. Con que dejéis las llaves en recepción y digáis donde esta aparcado, es suficiente.
- Así lo haremos. Muchas gracias de nuevo.
- A vosotros.
Acto seguido fuimos a las habitaciones a coger las toallas. Habíamos pensado ir a la playa que estaba al lado del hotel y, por la tarde, iríamos a alguna de las muchas calas nudistas que hay por Ibiza con el coche.Pastornoreply@blogger.com